Sadbread, la huída

10 mayo 2009

 

 Pasó todo julio mientras nosotras cambiábamos el horario del ataque a diario. Mi madre, sobreprotectora, me mandaba al colegio en remís. Eso complicaba mucho concretar el delirio a la mañana, y no sabíamos cómo hacerle cruzar el campito de noche a Daniela. Así que después de meses de hablar del tema, nos aburrimos y nos fuimos olvidando un poco del delito.

 Auro iba muy seguido al Parque Rivadavia, en cambio yo era pro Parque Centenario. Ahí íbamos con mis amigos de Floresta, ahí conocí a Los Gardelitos y me reí de una imitación de Chizzo que cantaba en La Mancha no sé qué… Además del Chileno, que era hermoso para ver sin escuchar. Yo le hablaba de eso y ella me hablaba de los libros, revistas y videos que ojeaba allá. Cosas que me emocionaban, notas y discos de Bowie, Virus, Sumo, Morrison, Nirvana, Pistols, la Velvet, Joplin, Zappa, Marley, Spinetta… cosas a las que no teníamos acceso en otro lado, y además, cosas por conocer. Era un mundo de sensaciones.

 Pero mi mamá no quería que yo salga tan lejos con Aurora. Ella confiaba mucho más en la imagen de los de Floresta, en su imagen de niños bien, con ellos me daba permiso. Irónicamente para mi madre, fueron ellos quienes me hicieron conocer el bajo mundo.

 Así que, ante la falta de libertad y la ansiedad por el mundo exterior, empezamos, nuevamente, a planear. Esta vez, el plan era ratearnos, la primera rata. Y de nuevo, el obstáculo era el remís, el remisero más exactamente, que era la chusma del barrio y me esperaba en la puerta hasta que entraba.

 Mi amiga me iba a esperar en una esquina de mi camino, y yo le diría al chauffeur, con mucha naturalidad, “¡Uh, mi amiga! Me bajo acá”. Eso hicimos. Cuando vi la mochila de Aurora me agarró dolor de estómago. Casi no me animo. Pero bajé, nos miramos y medio que dijimos… “Y ahora, ¿qué se hace…?”

 Y bueno, nos fuimos a tomar el 103. En el camino vimos pasar el auto de una compañera con su madre, pero no nos importó que nos vieran alejándonos del colegio. Podíamos estar yendo a comprar algo, ¿ellos qué sabían?

 La pasamos genial. Tomamos mucho mate cocido en McD, te daban la leche, fluída, en un vasito precioso. Nos atragantamos con los dos parques y fumamos mucho, libres de todo. No teníamos plata, pero nos dimos varios gustos.

 Al día siguiente hubo que volver a la escuela. Por unos días recordamos nuestra epopeya con cariño. Hasta que la preceptora nos hizo bajar a la realidad.

 -Las vieron saliendo de la escuela. Traiganme el cuaderno de comunicaciones.

Nos morimos. Todo el mundo murmuraba, todo el mundo sabía algo.

Citaban a nuestros padres a hablar con la Dirección del Colegio Parroquial…

 A la mañana siguiente estaba obligada a mostrarle el cuaderno a mi madre. Ella, de segundo nombre “Melevantodemalhumorsiempre”, esa mañana estaba radiante, chistosa, dulce. Me quería morir al cuadrado.

 Tocó la bocina el remís. Le dí un beso a mi perra, otro a mi mamá, le tiré el cuaderno rojo y me fui corriendo. Una vez arriba del auto, le vi una mirada que nunca voy a olvidar. Leyó la nota y me miró, espectral, le había asesinado la ilusión. Su sueño de la princesita bailarina, Rapunzel.

 Daniela, a quién apoyé en varias dificultades, era una mina muy depresiva. Ella vivía en un 4° piso, y siempre la encontraba en su ventana, sentada en el borde, queriendo tirarse por cualquier historieta. Hablábamos bastante de eso, y yo le decía que ni en pedo me mataba. Que antes de hacer algo así, prefería escaparme, irme lejos, viajar.

 Esa tarde no podía volver a mi casa, no way. Antes de irme preparé mi mochila y junté mi capital, $5 y monedas. Escribí una carta pidiéndole perdón a mi madre y le expliqué eso, que “ni en pedo me mataba”. Delirante, hasta le dije que yo amaba a mi país, que tenía que seguir mi camino en pos de ese sueño… Y que amaba a mi familia y al rock… Pobre madre.

 Agarré mis cosas y una frazada, era agosto y hacía frío. Le di el último beso a mi perrita, cerré la puerta por última vez y me fui a vivir a la calle.

 Jo.

Anuncios

Me vuelve loca

7 mayo 2009

Cansado.
¡Sí!
Cansado
de usar un solo brazo,
dos labios,
veinte dedos,
no sé cuántas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos,
fragmentarios.

Cansado,
muy cansado
de este frío esqueleto,
tan púdico,
tan casto,
que cuando se desnude
no sabré si es el mismo
que usé mientras vivía.

Cansado.
¡Sí!
Cansado
por carecer de antenas,
de un ojo en cada omóplato
y de una cola auténtica,
alegre,
desatada,
y no este rabo hipócrita,
degenerado,
enano.

Cansado,
sobre todo,
de estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las mismas piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
acariciar la tierra con un vientre de oruga,
y vivir, unos meses, adentro de una piedra.

 

Cansancio, Oliverio.

Él es el más mejor.

Sadbread

6 mayo 2009

No va más, basta ya, no soporto la escuela

Días aburridos, prisioneros…

(Hoy los chicos sólo quieren punk rock)

Escupiremos al director, y mearemos al celador 

Incendiaremos todas las aulas…

Anarquía en la escuela!

Agarraremos los profesores, los colgaremos de sus corbatas,

en sus cabezas haremos caca…

 

 Hasta 3° grado fui casi líder, la que sacaba mejores notas y chupaba las medias. Eso provocaba amores y odios, que deben haber estallado al año siguiente, se ve que no lo pude sostener más. Seguían respetándome, pero se burlaban de mí unas 50 veces diarias durante esas 4 horas.

 Nos habíamos mudado lejos con mi familia, y yo viajaba una hora para no abandonar mi querida escuelita. Pero el cariño que me profesaban mis compañeros hizo que todo fuera más fácil a la hora de tomarme el palo.

 Así empecé en la escuela nueva, en la que fui la nueva durante unos 3 años,  seguramente por mi actitud vegetal. No me quedaba otra que seguir siendo buena alumna, porque era lo único que podía hacer ahí adentro. Sólo alzaba mi voz para luchar contra la injusticia y defender a mi amigo Diego, Dieguito, el nene más bueno y más maltratado del barrio. En eso metía toda mi pasión.

 No quería que me vieran sola, perdedora. Entonces durante los recreos, esos que antes esperaba feliz para estar corriendo con mis amigos, me encerraba en los baños y dormía, cantaba, escribía, imaginaba. Imaginaba, sobre todo. Que un día me animaba y desarrollaba un súper poder que me hacía saltar corte Spiderman, y todos me miraban maravillados y querían ser mis amigos. Yo perdía el miedo y usaba ropa linda, la que a mí me gustaba, no la que elegía mi mamá. También quería tocar flauta traversera, lucirme en la clase de música y que en el recreo todos me pidan que les muestre cómo hacía. Cantar, bailar genial, ser hermosa. Lo que me ayude a olvidarme del miedo, porque me moría de miedo, daba vueltas a la manzana 20 veces para no cruzarme grupos de chicos, me veía observada y humillada.

 Cuando me hice de amigos grandes, ese miedo mutó a resentimiento. Porque me sabía más piola que los de mi grado, porque ya hasta me había drogado, había viajado sola, sabía lo que era la noche y la calle y ellos no tenían ni idea. Pero igual no querían ser amigos míos, ¿qué se pensaban? 

 Yo envidiaba que fueran más sanos que yo, y que el futuro sí los dejara a ellos vivir cada cosa a su tiempo. Como si a los 11 años ya hubiera trazado mi destino. A mis compañeros los quería, quería cuidarlos, aunque casi no supieran quién era yo. Pero ellos parecían querer hacérmela cuesta arriba, y hacían todo lo que iba en contra de mis recientemente adquiridos principios.

 Escuchaban la música y la radio equivocadas, se desvivían por marcas de ropa y lo que había que usar, miraban Montaña Rusa, soñaban cumples de 15 en USA y viajes de egresados en Acapulco. No sabían nada de historia ni de lengua, y en la clase de música querían cantar “Tutá Tutá” o las de Luis Miguel. Y yo me sentía tan fuera de lugar…

 Me hice de una buena amiga/cómplice, que supo pertenecer al grupo de gente con onda. La hice tan a mi imagen y semejanza que se hizo cargo de todas mis banderas. Empezó a odiar a sus ex amigos chetos.  Pero se ve que despierto pasiones, porque cuando nos peleamos, me siguió diciendo que me amaba, mientras sembraba el odio hacia mí en sus ex amigos, que ahora eran sus incondicionales. Cero códigos, mentirosa, les contó de los venenos que destilábamos. 

 Ahora tenía una nueva mejor amiga yo también, que me acompañó en mi lucha, y con la que tratábamos de entender qué carajos era ser de izquierda, y soñábamos con ser presidentas. Así. Ella parecía ser una extensión de mí. O yo una de ella, la cosa es que mimetizamos. Apoyaba mis delirios y actitudes antisociales. Yo para este tiempo había perdido a mis amigos grandes, y necesitaba la simbiosis. Pero Aurora era extrema. Nos poníamos de acuerdo en la rebeldía que se necesitara en ese momento: ser morochas, ser sucias, escuchar rock, vivir rock, amar al rock.  Nada era necesario, y ella lo aprendió más rápido que yo, que defendía la camiseta a muerte. Con ella odiamos corrosivamente. Y planeamos mil maneras de vengar la falta de códigos de mi ex amiga, su desesperación por volver a pertenecer a algo tan vacío.

 Nos íbamos a vestir de negro, y una mañana de julio la esperaríamos por el camino, y la pelaríamos. Como una rodilla iba a quedar. También las cejas y las pestañas, tenía que ser un monstruo y pagar su vanidad.

 Planeamos todo, todos los detalles. Ella compró las Gillette y yo conseguí la ropa negra y la espuma (¿¿para que no se irrite??), nos faltaba arreglar el temita del cloroformo, y cómo usaríamos las bolsas de consorcio.

 

Qué buenos tiempos, qué hermosos tiempos.

 Qué buenos tiempos, pero qué soledad.

 

 Días de esteros y manglares. Pegan mucho más.

 Me levanto más mala que nunca.

Por ejemplo hoy.

 – Fui fuiu, qué tetitas muñeca!

 A un transeúnte sin identidad. Pezones gritones, y yo sorprendida de mi frescura dañina.

 Mis ojos y su risa incontinente.

La lengua bífida, me hago cargo y soy ofidio. Conste, él me provocó.

 

 

 Si andás para abajo, no pasés por la puerta de mi casa.

Amor descartable

12 abril 2009

 No está en mi naturaleza cagarte. Ok, ok, está en mi naturaleza, pero le doy batalla a morir, me paro de manos y arengo, dale, dale vení le digo, vení que tengo aguante.

 Porque no lo sabés, ignorás mi lucha interna, o pensás que soy una gatita fiel hasta la sinapsis. Fiel y putita tuya, ok, me sale, pero no creas que es tan fácil. Cuanti menos, si vos la jugás al revés. Justamente, ahí está mi capricho. Que mi sensualidad es de lo más corrompible, a lo Fedor Karamazov, no resiste nada, le caben todas, se regala al viento. Y en la pelea, mi dignidad aparente me mantiene casi pura,  casi fiel, de obra y de acción, como una reserva natural que lleva el nombre de su único explorador, el tuyo.

 Por morochazo, por fibroso, por morfeta, por debilucho, por atorrante, por usar términos científicos correctamente, por nene de mamá, por ciruja, por apoyar a Evo Morales, para todos tengo amor. You, and you, and you. Siempre hay un motivo Real para brindar.

 Te conté de mi flagelo. Te lo expliqué porque nada puedo ocultarte, porque no sé ahorrarme detalles. Y me creo que algunas transparencias pueden afianzar nuestra confianza, cuando no hay secretos. Patrañas, pienso ahora. Si vos igual te pensás que no tengo ojos más que para vos. Tu amor propio no te deja pensar otra cosa.

 ¿Por qué hay gente que tiene la realidad como póster central, y sin embargo se come su fantasía?   ¿Para qué te sirve imaginar que soy otra?  Porque no me vas a venir a decir ahora que vos me conocés. Yo sé que te morís de miedo, que ni siquiera te imaginás no estar acá.  Me lo decís siempre, mientras te llora el abdómen. Sabés que estás en el descenso, que del Sacachispas para arriba, cualquiera me ofrece algo mejor que vos. Toda oferta es negocio.

¿Sos kamikaze?

¿Me ponés a prueba?

¿Todavía no sabés quién soy?

¿O estás absolutamente ciego de tu vanidad?

Me inclino por esta última. De otra forma no me explico porqué contrataste al plomero. Ese rubio malo de 1,90 mts., dueño de una mirada que te desnuda hasta los gérmenes. Calientes ojos verdes, techados con unas cejas robustas y despeinadas. Nariz de angelito, labios y dientes de corsario. No voy a recordar el resto del cuerpo, no. Sólo voy a decir que desde abajo de su camisa Ombú azul me chistaban varios dibujitos viajeros, excelentes anfitriones, que recorrían su piel áspera. Y en un juego muy tramposo y vergonzante, obligaban a mis ojos a recorrer sus idiotizantes brazos también, asomándonos a sus omóplatos, mientras le hablaba y pensaba que encajaba un 95% en Miami Ink, a la par de Ami.

 Lo citás a las 10 a.m., sabiendo que lo voy a recibir en pelotas y con un revoltijo que me queda espléndido después de dormir 8 horas sola, sola en mi casa. Un flaco malo, que es tan obvio que me iba a encantar. Obvio para todos, menos para vos. Que vivís en tu mundo lleno de Uzis y Kalakas reales, admirando a Vin Diesel, creyendo que Steven Seagal es de mi tipo.

 No me enloquezcas. Rústico, salvaje, simple, malo. Sí, dame dos. Pero no vayás a creer. Yo decido cuándo levantar las barreras, y si es que las levanto, aunque vos fuerces esa decisión. Si aguanté una semana ese Capitán del Espacio en mi cartera, el Capitán, el Toblerone, Twix y Nutella, ya está, resisto cualquier cosa. Me declaro inconquistable.

Me matan, Limón!

31 marzo 2009

 Tal vez el amarillo no tenga retorno.

 Cuando mi hermano salía a robar con su clan, tenían un grito de guerra. En su época más activa, hacía salideras bancarias. Realmente era un trabajo para él, con horarios, uniforme de obrero y una intercomunicación aplaudible. Antes de salir, en el hall de casa sonaba Clandestino, de Manu. Mi pobre madre, que ya se había aprendido los códigos, temblaba al escuchar el chun chun del comienzo.

 Mi hermano se adueñó de la canción, como se había adueñado de mi disco y de otras tantas, tantísimas cosas. Los primeros en padecer su cleptomanía fuimos nosotros, su gente, familia y amigos. Nunca, pero nunca, tuvo necesidad de hacerlo. Nunca jamás escuché un mensaje alentando ni de lejos esta conducta en mi casa. Muy por el contrario, nos hacían faltar todo para que supieramos que las cosas no caían del cielo. De hecho, yo siempre miré incrédula sus actos y me era imposible imaginarlo con el diablito en el hombro. Recuerdo que en preescolar me había robado un molde para arena, que volví a llevar escondido a su lugar porque lo sentía gritarme desde el fondo del bolsillo donde lo oculté. Ahí supe que eso no era para mí, y que mi conciencia es terriblemente histérica.

 No sé bien qué fue lo que llevó a mi hermano a sumarse a las filas del mal. Es ambicioso y perezoso. Sé de él, como de muchos otros obreros del delito, que lo que les jode es no tener plata encima, estar seco. Si vieran en lo que gastan la guita que afanan, son unos verdaderos soretes egoístas.

 Tenían nombre de pila, nombre de barrio, sobrenombre y nombre de guerra. A mi hermano le diremos Lechuga, su amigo era Limón. Lo ingenioso del caso es que nuestros choriflautas tenían que tener nombre de fruta o verdura, pero eso en la calle, en el hecho.

 Limón terminó viviendo en casa. Yo nunca quise tener nada que ver con esta gente. Mezcla de miedo con bronca, rencor y mal ejemplo y un estúpido respeto. Pero como soy re buenísima, no lo miré de costado. Y me encontré con un pibe amoroso, dulce, tímido. Me era imposible verlo afanando, apretando gente. Vino a casa porque su familia le chupaba todo lo que “ganaba”. Muy distinto a nosotros, que seguíamos siendo los “chupados”.

 Él casi no hablaba. De a poco se sentaba con nosotros, nos escuchaba, se reía. Me regalaba una mirada de hermano mayor que comprendí tiempo después. Me defendía un poquito. Creo que se dio cuenta que nos parecíamos bastante. Yo estaba de novia hacía muy poquito, estaba totalmente desquiciada y enamorada, una mezcla fatal a los 16.

 Una mañana llegué de bailar a las 11. Me puse contenta porque me pareció ver su auto estacionado en la puerta, a esa hora seguramente compartiríamos algún mate. Yo lo necesitaba porque venía llorando en el colectivo, asumiendo que el amor de mi vida era un fiasco. Esa misma noche descubrí que el auto que había visto era en realidad de mi hermano mayor, es que algunos detalles se me pasan por alto. Cuando abrí la puerta de casa, no había nadie. Saludé bien fuerte, y bajó mi hermano. 

-Limón se pegó un tiro, está en el hospital.

 Sólo pude reírme. Qué hambre boludo, si yo anoche me fui y lo saludé, se tapaba la cabeza con la almohada, hacía frío, estaban fumando en mi habitación. Pensaba, esas boludeces que uno piensa cuando pasan estas cosas. Y, sí, boluda, estas cosas pasan exactamente de un segundo a otro. Durante muchos segundos todo tiene un orden, y al segundo siguiente, destrucción. Nada es lo mismo. Recé mucho. Pero murió esa tarde.

 Lo que más nos costaba era entender porqué. Muchos porqués. Tenía 19 años. Le festejamos el cumple en casa. No sé porqué no me animé a hablar con él, si lo veía todos los días, si nos parecíamos, si podía ayudarlo. Aparentemente, en un laburo le tocó disparar, matar o morir. Parece que disparó, lo que no sabemos es si acertó y el resultado. Pero no se lo bancó, por eso eligió irse. Yo lo veía perdido, mirando tv pero en blanco. Pero ¿por qué eligió pegarse un tiro en mi cama, en mi cuarto, en nuestra casa, sabiendo que nos traería mil problemas?

 Durante unos meses, limpiando mi habitación, seguía encontrando pedacitos de Limón. Tenía un pelo muy cortito, siempre prolijo, y al apuntarse a la cabeza hizo volar cientos de pelitos con bulbo y una raíz rosadita que me hacía llorar.

 Qué bronca, Limón. ¿Qué hubiera pasado si me animaba a hablarte? Si me hubiera despegado un segundo de ese amor tóxico y hubiera pensado en vos, en lo que te pasaba. Qué bronca no poder saber nunca, nunca, nunca poder preguntarte ya nada. Que no me gustaba lo que hacías, que podías estudiar cosas lindas. Ya está, ¿no?

Gabi, Angelito

27 marzo 2009

 Cuando mi hijo cumplió un año, mi cuñada se casó. Su marido tenía dos hijos de su anterior matrimonio, Sofi de 5 y Gabi, que había nacido un mes más tarde que el mío. Cuando lo conocí me sorprendió muchísimo, tenía unos ojos demasiado tristes para un nene tan pequeño. ¿Triste por qué podía estar?

 Yo, mamá primeriza, tomaba nota de todo lo que hacía mi hijo. No lo pude meter dentro de una burbuja, pero lo hubiera hecho de existir tal cosa. Ni siquiera lo sacaba a la calle, me daba pánico que su naricita impoluta respirase smog. Cuando volví a laburar lo fui superando. Pero la idea de la pureza de los niños seguía instalada dentro mío. Escuchar llorar a uno me mataba, pero no de nervios, sino de angustia, de ganas de hacerle upa, darle besitos y decirle que todo iba a pasar.

 Gabi tenía un añito y no caminaba, ni gateaba, ni miraba, ni reía. Sólo vivía con diarrea y todo lo que comía le caía pésimo. Ni hablar de que comía carne picada desde los 3 meses. Pasaba las horas atado a una sillita de mimbre de la que siempre se estaba cayendo. Mirando al vacío. Si le hacías upa se quedaba inmóvil. No tenía dientes, y yo tan feliz de que mi hijo los cortara a los 4 meses. Nunca se me ocurrió comparar esas cosas como un triunfo, pero sí era inevitable pensar al verlos juntos. ¿Por qué un bebé tenía que nacer para vivir esa vida? Un bebé, todo amor, todo dependencia, que te necesita tanto, necesita calor, tan solito en el mundo. No necesita MacLaren, Avent, Tiny Love, Baby Mozart ni Aprender inglés, no. Necesita algo tan simple como una familia, como sea que esté compuesta.

 Su mamá había tenido dos hijas a los 16. “Las tuvo que regalar” , me contó mi cuñada. ¿? Unos años después, tuvo tres más que estaban viviendo en la calle y con vecinos, porque para eso no estaban las tías ni la abuela. Después llegó su nuevo marido, y con él, Sofi y Gabi. Sofi era una nena hiperactiva y muy contaminada. Yo apenas la saludaba, y ella empezaba a contar las aventuras de su barrio. Me contó, por ejemplo, que su mamá “está internada porque hizo el amor con mi tío y quedó embarazada y tomó orégano, y mi tío y el novio le pegaron y sangró”. Muchas historias de “amantes”, sus favoritas. También cuando su tía, de 15 años, que ya tenía un hijo de 4 y una hija de 16 meses con su primo, estaba internada porque ese primo-marido estaba borracho y le clavó un cuchillo en la panza después de apuñalarla en la pierna 3 veces, cuando la encontró en la cama con su hermano y los nenes dando vueltas por ahí. En la paliza perdió su embarazo de 8 meses. Yo, que había estudiado pedagogía, trataba de huír de Sofi cuando la veía. Porque la quería ayudar, pero todo lo que le decía le daba letra para ahondar en detalles. Hablé con su papá, con mi cuñada, indiferencia total. También, risas.

 Yo pensaba que lo único bueno que le había pasado a estos nenes era la internación de la madre. Le quitaron la tenencia y los tenía mi cuñada. No fue mucho mejor, pero al menos Gabi caminaba, aunque Sofi repitió 1° grado. Al poco tiempo, volvieron con su mamá, que no tenía otro ingreso que el Plan Jefes y Jefas de Hogar y lo que le pasaba el papá de los nenes. A Gabi lo volví a ver en un cumple, cuando tenía 3 años y medio. O me pareció verlo. Me puse contenta, se lo veía más sociable, arregladito, jugando con nenes. Después me enteré que me equivoqué de nene, que Gabi estaba escondido en el pelotero porque “estaba enojado” con el nuevo hijo de su papá. Su madre se encargaba de darle detalles espantosos de lo que le compraban a ese nene, y les contaba a él y su hermana que su papá no los quería porque nunca les compraba nada. Tal vez no estaba tan equivocada, pero seguro que era una recontra yegua.

 Unas semanas después de “verlo”, me llamó mi cuñada llorando. “Gabi se murió” me dijo. Empecé a temblar, a llorar en cataratas, no podía responder ni preguntarle nada. Porque no podía ser que se tratara de “ese” Gabi. ¿Cómo mierda se podía morir un nene de 3 años? ¿Cómo? Pero sí, a veces este es un mundo muy de mierda.

 Su mamá estaba paseando por el centro con el novio. Embarazada de 6 meses. Hacía frío, eran como las 5 de la tarde. Sofi y Gabi quedaron solitos. Ya la tenían clara en eso, igual. En un principio dijeron que hubo un cortocircuito, la chispa cayó cerca de la puerta y Sofi contó, heroica, que fue a buscar a su hermano pero no lo pudo sacar. Como si esto solo no fuera horriblemente triste de por sí, los vecinos y las pericias dijeron que Sofía inició el fuego. Habiendo encerrado a su hermano. Su mano apenas tenía una ampollita, mínima. Cuando la volví a ver, pensé lo mal que estaría, aún si hubiera prendido fuego su casa ella misma. Trauma de por vida es poco. Le quedaría un aprendizaje atroz de saber que ella había logrado matar a su hermano de 3 años cuando se lo propuso. Me la imaginaba autista, balanceándose. Pero en lugar de eso, la escuché decir mil veces que “a ese pendejo de mierda le daban más bola que a mí”. Dando detalles de lo que se habían comprado con la plata de Gabi. Y luciendo, feliz, con 8 años, una cola less que le compró la madre, como sus ídolas de Casi Ángeles.

 Cuando la mamá llegó y se enteró, se tiró al suelo llorando y gritando por su casa. Después empezó a gritar por su bebé. Al día siguiente, un concejal trajo en varios camiones material, chapas, muebles, colchones, electrodomésticos y ropa. Dos días después, la encontramos en el centro comprándose ropa para ella con el dinero que le habían dado de un noticiero, de la municipalidad y del trabajo de su ex.

 En todo lo que declaró le pifió. Dijo que Gabi no se pudo despertar porque había ido al jardín a la mañana, y estaba cansado. Pero cuando las mamás del jardín fueron al entierro, contaron que nunca iba, y en ese mes habría ido unas 3 veces. Por supuesto, esa mañana también faltó.

 Esto pasó hace unos meses, ya. Cada vez que voy a esa casa me pregunto si alguna vez estuvo Gabi ahí. Se fue como vivió, sin importarle a nadie. Pensé mucho en Dios pero no pude hablar con Él tampoco. No lo hablé con nadie. Esto va más allá de Gabi, que ya no está. De la bronca de saber que despertó y no entendía nada, lleno de dolor, de soledad, desamor. De que a lo mejor quiso escapar, pudo, pero como siempre, nunca nadie lo vió. Gabi es tan invisible como antes. Lo que no entiendo es por qué carajo tuvo que sufrir tanto. Por qué nunca nadie supo que existía.