Me matan, Limón!

31 marzo 2009

 Tal vez el amarillo no tenga retorno.

 Cuando mi hermano salía a robar con su clan, tenían un grito de guerra. En su época más activa, hacía salideras bancarias. Realmente era un trabajo para él, con horarios, uniforme de obrero y una intercomunicación aplaudible. Antes de salir, en el hall de casa sonaba Clandestino, de Manu. Mi pobre madre, que ya se había aprendido los códigos, temblaba al escuchar el chun chun del comienzo.

 Mi hermano se adueñó de la canción, como se había adueñado de mi disco y de otras tantas, tantísimas cosas. Los primeros en padecer su cleptomanía fuimos nosotros, su gente, familia y amigos. Nunca, pero nunca, tuvo necesidad de hacerlo. Nunca jamás escuché un mensaje alentando ni de lejos esta conducta en mi casa. Muy por el contrario, nos hacían faltar todo para que supieramos que las cosas no caían del cielo. De hecho, yo siempre miré incrédula sus actos y me era imposible imaginarlo con el diablito en el hombro. Recuerdo que en preescolar me había robado un molde para arena, que volví a llevar escondido a su lugar porque lo sentía gritarme desde el fondo del bolsillo donde lo oculté. Ahí supe que eso no era para mí, y que mi conciencia es terriblemente histérica.

 No sé bien qué fue lo que llevó a mi hermano a sumarse a las filas del mal. Es ambicioso y perezoso. Sé de él, como de muchos otros obreros del delito, que lo que les jode es no tener plata encima, estar seco. Si vieran en lo que gastan la guita que afanan, son unos verdaderos soretes egoístas.

 Tenían nombre de pila, nombre de barrio, sobrenombre y nombre de guerra. A mi hermano le diremos Lechuga, su amigo era Limón. Lo ingenioso del caso es que nuestros choriflautas tenían que tener nombre de fruta o verdura, pero eso en la calle, en el hecho.

 Limón terminó viviendo en casa. Yo nunca quise tener nada que ver con esta gente. Mezcla de miedo con bronca, rencor y mal ejemplo y un estúpido respeto. Pero como soy re buenísima, no lo miré de costado. Y me encontré con un pibe amoroso, dulce, tímido. Me era imposible verlo afanando, apretando gente. Vino a casa porque su familia le chupaba todo lo que “ganaba”. Muy distinto a nosotros, que seguíamos siendo los “chupados”.

 Él casi no hablaba. De a poco se sentaba con nosotros, nos escuchaba, se reía. Me regalaba una mirada de hermano mayor que comprendí tiempo después. Me defendía un poquito. Creo que se dio cuenta que nos parecíamos bastante. Yo estaba de novia hacía muy poquito, estaba totalmente desquiciada y enamorada, una mezcla fatal a los 16.

 Una mañana llegué de bailar a las 11. Me puse contenta porque me pareció ver su auto estacionado en la puerta, a esa hora seguramente compartiríamos algún mate. Yo lo necesitaba porque venía llorando en el colectivo, asumiendo que el amor de mi vida era un fiasco. Esa misma noche descubrí que el auto que había visto era en realidad de mi hermano mayor, es que algunos detalles se me pasan por alto. Cuando abrí la puerta de casa, no había nadie. Saludé bien fuerte, y bajó mi hermano. 

-Limón se pegó un tiro, está en el hospital.

 Sólo pude reírme. Qué hambre boludo, si yo anoche me fui y lo saludé, se tapaba la cabeza con la almohada, hacía frío, estaban fumando en mi habitación. Pensaba, esas boludeces que uno piensa cuando pasan estas cosas. Y, sí, boluda, estas cosas pasan exactamente de un segundo a otro. Durante muchos segundos todo tiene un orden, y al segundo siguiente, destrucción. Nada es lo mismo. Recé mucho. Pero murió esa tarde.

 Lo que más nos costaba era entender porqué. Muchos porqués. Tenía 19 años. Le festejamos el cumple en casa. No sé porqué no me animé a hablar con él, si lo veía todos los días, si nos parecíamos, si podía ayudarlo. Aparentemente, en un laburo le tocó disparar, matar o morir. Parece que disparó, lo que no sabemos es si acertó y el resultado. Pero no se lo bancó, por eso eligió irse. Yo lo veía perdido, mirando tv pero en blanco. Pero ¿por qué eligió pegarse un tiro en mi cama, en mi cuarto, en nuestra casa, sabiendo que nos traería mil problemas?

 Durante unos meses, limpiando mi habitación, seguía encontrando pedacitos de Limón. Tenía un pelo muy cortito, siempre prolijo, y al apuntarse a la cabeza hizo volar cientos de pelitos con bulbo y una raíz rosadita que me hacía llorar.

 Qué bronca, Limón. ¿Qué hubiera pasado si me animaba a hablarte? Si me hubiera despegado un segundo de ese amor tóxico y hubiera pensado en vos, en lo que te pasaba. Qué bronca no poder saber nunca, nunca, nunca poder preguntarte ya nada. Que no me gustaba lo que hacías, que podías estudiar cosas lindas. Ya está, ¿no?

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3 Responses to “Me matan, Limón!”

  1. gutundbillig Says:

    Una vez hablando con mi hermano pensabamos eso, ¿todo esto junto nos pasó? Por no hablar de las historias de él…
    La mayoría de las cosas que escribí acá no las conté a nadie, porque no me pasaron a mí directamente y no quería una mirada como de pena. Pero siempre me quedaron esas ganas de sacarlo afuera. Como para que no parezca tan “increíble”.
    Gracias por pasar, chicas.
    Igual está bueno cuando ves tu vida de afuera y pensás “uff qué suerte”, o no? Aunque parezca mediocre, hay que agradecer siempre.

  2. Lola Says:

    Cada vez que te leo me da la impresión que viví y sigo viviendo en una cajita de cristal; y eso que nunca me consideré como tal.
    Increíble lo que contás, sobre todo la última parte.
    Besos

  3. Memé Says:

    Como siempre tus posteos me dejan anonadada. Vos mas que un blog deberías escribir un libro con todas esas historias increibles, jajajaj. Hablando en serio pobre Limón, pero mas aún pobre de vos!!!!. No puedo creer que se matara en tu cama, me imagino tu impresíon.

    Un beso, y gracias por el saludo de cumpleaños!


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