21 febrero 2009

  De a poco los retazos de tu imagen se tiñeron de un encanto que sólo puedo explicar por parecidos, por asociaciones.Que las olas de tu pelo me recuerdan al olor a chicle en el pelo en rompiente de Martín, ese pelo que nunca me animé a tocar. La esbeltez de tus brazos se parece a la armonía de los brazos de Gabriel. Son esos brazos largos, jóvenes, masturbatorios, que yo imagino en un movimiento frenético para lograr el clímax. Son los brazos que siempre soñé. Que me toman fuerte de la cadera, de la cintura, de las piernas.

  Tus ojos entrecerrados, tu ceño fruncido, qué chancha, eso es verte venir. Veníte en mí. Sobre mí. A, ante, bajo, cabe, con.

 El pelo sobre los ojos te hermana conmigo. Lo resoplamos como un dúo y en progresión. A veces lo agarro fuerte entre mis dedos, sólo para que vos hagas lo mismo conmigo pero por detrás, como riendas.

  Tu perfil es tuyo, de una. Por eso me permito recorrerlo con la lengua. Qué asco, sí, con la punta de la lengua por el perfil y también por todo tu cuerpo, especialmente de espaldas. Y cuando llego a los hombros, otra vez Martín. Finos, angulosos, pero firmes, anchos y fuertes. Delicadamente fornidos. Las remeras te calzan tan bien. Como dicen los poetas de emergencia de las cinco de la mañana, mejor se verían tiradas a los pies de mi cama. Vos tirado en tu cama, esperándome siempre, deseándome siempre. Un gimnasio Open 25.

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